ir a principal

Reflexiones

Bajo este cielo azul celeste,

sigo esperando...

 


Hace un par de domingos, el día que jugamos de local en la cancha de Español, decidí llevar a mi hijo después de bastante tiempo, pese al calor, fue entusiasmado porque le dije que iba a ir un amiguito suyo con quien comparte largos ratos jugando con sus trencitos, armando vías y disfrutando de ese mundo imaginario y de ilusión permanente que viven los chicos de cuatro, cinco años. No funcionó mi “cábala” porque cada vez que él había salido de mascota con el equipo, Telmo no había perdido nunca. Pero bueno, eso también es un poco la locura de uno con esta camiseta.

Cuando nos volvíamos para casa, me dijo algunas cosas que, me di cuenta, había experimentado por primera vez… “papá, la próxima vez quiero ir ahí donde la gente tiene la bandera grande y tiran papelitos”, “pero, por qué San Telmo no hizo gol?” y no terminó ahí, con ese vocabulario lleno de preguntas intrigantes me dijo “pero esta cancha es color rojo, si San Telmo tiene celeste y azul, esta no es la cancha…”
Después de escuchar sus palabras con esa absoluta naturalidad y desparpajo que tienen los pibes, se me cayeron un par de fichas…
Me dije a mi mismo, la pucha, claro… cuando nos clausuraron la cancha todavía faltaban cuatro meses para el nacimiento del nene y ahora ya está por empezar el preescolar, tanto tiempo pasó?...

Recordé entonces aquella tarde de furia, la tarde triste. Aquellas corridas, las piedras, aquel ardor en los ojos por los gases, los pibes y sus mamás metiéndose en las cabinas para impedir respirarlos, a los de rojo y blanco rompiendo coches en el estacionamiento, esos policías gordos que corrían solo porque les enviaban un "radio", las balas que se escuchaban desde lejos, con eco. El árbitro que se fue del campo antes de empezar el partido. De pronto los ruidos se acallaron y todo pareció normal. Pero ya era tarde. Hasta la brisa que corría por la cancha llegaba humedecida, triste. Me tocó bajar la bandera del mástil, sacar el equipo de la voz del estadio y cuando bajaba los escalones de la platea lo hacía sabiendo –convencido- que había sucedido algo grave, que iba a pasar mucho tiempo para volver allí. Quizás haya sido un presentimiento poco feliz, pero fue realmente mi sensación y lamento mucho no haberme equivocado.

Rememoré esa tarde y me quedé con la vista perdida. Por supuesto, sin poder contarle nada de eso a mi pibel, que se durmió en el asiento trasero del auto que nos llevaba.
Es que es una clausura, una negación muy larga. Cinco años es mucho tiempo en la vida de cualquier ser humano y lógicamente en la de un Club como San Telmo donde siempre, cada paso se hace a pulmón, con mucho esfuerzo.
Son cinco años sin cancha para un club que nació por el fútbol.

Me enrosqué bastante y entonces empecé a hilvanar sucesos, esos que uno fue testigo y también los que leyó.
Me di cuenta que a lo largo de la historia de San Telmo, su cancha siempre ha sido castigada, vulnerada. Más allá que en algún momento fue La Fortaleza, pero no lo digo por los resultados deportivos, sino porque el lugar que ocupa en el mapa siempre ha sido un tema jodido en la vida de San Telmo. No creo, sinceramente, que haya una cancha en el mundo que haya sufrido las clausuras que tuvo San Telmo en tantos años de trayectoria. Fueron muchas, sobre todo en los últimos 30 años y más a partir de la creación de organismos de seguridad en el deporte, mucho más.

Hace unos días leía con atención la nota que Enrique Castagniaro le realizó a Fabián Lovato, dirigente del Club, en su histórico sitio “Soy de Telmo” y Enrique le decía una gran verdad a Fabián a cerca de que esta dirigencia –en la que me siento partícipe desde 1996- está en deuda con su gente por no obtener el retorno a nuestra cancha. Y es cierto, cuanta verdad tiene Enrique, es una gran deuda pendiente y un tema que a los que estamos circunstancialmente adentro, nos “carcome” la cabeza. Se me mezclan las sensaciones de injusticia por esa situación y por qué no, también, rabia por no sentime capacitado para resolver este problema.

Mientras leía la nota se me fueron cruzando imágenes… Una del año 1994 por ejemplo. Recuerdo que también la cancha estaba cerrada y jugábamos de local en El Porvenir. Esta tarde, creo, jugábamos contra Liniers. Con la ilusión y fuerza de un muchacho de 21 años miré entusiasmado como Carlos Ríos –a quién yo ni conocía por entonces- con mucha menos panza que ahora y menos dificultades para caminar, estaba detrás de un stand precario que había armado con 2 caballetes y un pedazo de madera, casi parecía un vendedor ambulante solicitándole a la gente la compra de bonos. Cada bono costaba 15 pesos, que en ese entonces era guita, y decía, “15 pesos vale por un tablón de madera para la cancha”. Pude comprarlo y el bono me servía para entrar gratis a la platea por los próximos dos partidos de local, también en El Porve. Esa tarde era el cumple del Club, 90 años… La barra había ido en buen número y entraron cantando “festejemos los 90, la banda está de fiesta”. Finalmente, un par de meses después, la cancha se reabrió después de mucho esfuerzo y más de dos años y medio cerrada. Abrió de manera precaria, sin la platea, un poquito descolorida pero le habíamos ganado a Dálmine, que en ese momento se llamaba Atlético Campana por 4 a 1. Fue una gran emoción. Era un “regreso” más.

Ahí empezó una fuerza de reconstrucción de nuestra cancha con Fernández, Goldzen, Fernández Blanco, Ríos, Simone, Guitelmann, Ardiles y todos los que se la volvieron a jugar por la cancha en la Isla, cuando ya en ese entonces parecía cosa del pasado, sacando tablones de madera por tablones de cemento, la platea nueva con el cartel de “Omega” que un día se llevó puesto un tornado que tiró todo abajo…, la misma platea que hoy admiramos como emblema de nuestra cancha, las rejas nuevas, las paredes, tantas carretillas de tierra esparcidas para que pudieramos tener césped en lugar de matas, hasta las boleterías se hicieron y de yapa le construyeron a Doña Felipa, un local chiquito para vender banderines y esas cosas.

Se volvió a creer y se armó una cancha mucho más chica, pero se pudo volver y además ese ascenso del ´96 tan soñado como postergado nos hacía resucitar en todo aspecto.
Pero inesperadamente, ese maldito 11 de febrero de 2006, se pudrió todo y hasta el día de hoy es un problema que no podemos resolver.

Ya pasaron cinco años con la cancha cerrada, y es como que todo aquello que se hizo con tanto amor por nuestra cancha (y tanta guita), prescribió, no sirve más, ya es historia. Al menos esa es la sensación cuando me siento un una mesa santelmista y sale el tema cancha, ineludiblemente, y quedás “pegado” por estar adentro y no poder encontrarle la solución al tema.
Creo que la diferencia con las clausuras anteriores es que aquellas veces San Telmo sabía que obras tenía que hacer (tiempos del Comisario Mario Gallina) y hoy San Telmo no tiene ni la menor idea de qué es lo que debe hacer porque el Comisario Rubén Pérez ha puesto su mayor énfasis en el entorno y ahí sí, si dependemos de la “escenografía”, estamos cocinados.

Durante todo este tiempo hemos incurrido –todos- en una diversidad de pensamientos, de ideas que quedan en el aire e inexorablemente nos terminan confundiendo, ¿por qué? Simplemente porque todos pensamos algo distinto y entonces no tenemos en claro hacia dónde vamos.

Aquí el problema, a mi criterio, es saber qué es lo que realmente queremos los Santelmistas con este tema que es nada menos que nuestra cancha, tener una idea clara de lo que se va a hacer o no.
Particularmente creo que lo primero que debemos hacer para empezar a encontrar nuestra propia solución es dejar de delirar, de fantasear, de entrar en terrenos utópicos que agotan y, como tal, siempre se termina pateando el problema para adelante.
Que la cancha en Puerto Madero, que la cancha enfrente del Parque Lezama, en Casa Amarilla, en Pompeya, y demás… Hay que cortarla con eso. Hay cosas que son inviables, y no se puede perder un minuto más en esas discusiones que está visto, no llegan a nada. O buscamos la vuelta para el regreso a la Isla, o nos vamos, pero hay que tomar una determinación, no se puede vivir con incertidumbre.
En estos cinco años han pasado cosas en el medio, se han presentado distintos proyectos al Gobierno de la Ciudad,  y la verdad es una sola: no nos dieron bola.

Además, la necesidad había llevado a empezar una gestión seria con Atlanta para compartir su estadio. San Telmo vendía su Sede y construía las tribunas cabeceras en Villa Crespo. Gracias a Dios eso no sucedió. Imaginemos un solo instante esta situación: el Club vende la Sede, hace tribunas en un terreno de otro Club y a los cinco partidos pasa lo que pasó: su gente marcó territorio y repelió a balazos la llegada de la gente de San Telmo. Nos hubiésemos quedado sin Sede y sin localía. Por suerte esa “prueba piloto” alquilando Atlanta nos demostró que hay cosas que no tienen sustento.

Otra. Alguna vez había surgido la idea de construir la platea en la cancha de Barracas y compartir la localía. Algún “visionario” dijo que había que tener mucho cuidad con eso, porque Macri tenía pensado borrar la cancha de Barracas de ese sector capitalino… Barracas la terminó haciendo sólo, con una cancha cada vez más estructurada cuando antes nos reíamos de ella. ¿Quién se va a animar a sacar esa cancha de allí? Hoy se les plantan los camioneros y punto. Y nosotros, seguimos viendo a ver qué pasa...

Hace un par de años fui a ver un amistoso de San Telmo a Hudson. Al regresar hicimos una parada previa. En el predio del Mariano Acosta, en Villa Domínico, a 9 minutos de la Capital por el Acceso Suedeste. Una cancha ya construída, con dos tribunas y vestuarios “europeos”, un verdadero lujo. Terreno en venta. Es cierto, piden fortuna, pero… Una posibilidad muy, pero muy viable. Nos habían dicho que no daban las medidas para hacer una cancha profesional. La medimos con un metro, a lo largo y a lo ancho. Daba perfectamente las medidas pero quedó en el “freezer”.

Creo entender por qué: el día a día dentro del Club absorbe, te tiene prisionero de sus problemas. Como dirigentes tenemos la obligación de resolverlos, o al menos intentarlo hasta las últimas consecuencias para que San Telmo siga dando pasos y eso te come el tiempo, la cabeza y las fuerzas. Que cumplir con el plantel, con la ropa, con los empleados, cubrir cheques, cumplir con la infraestructura de un Club que en estos últimos años ha crecido con mayúsculas y el que no lo ve es porque tiene o quiere tener una venda en los ojos. Y a todo eso le sumamos que el equipo no le gana a nadie, que pelamos por manteneros desde hace años en la división, la “intoxicación” de todos los problemas a resolver te lleva a que el tema de la cancha quede muchas veces a un costado, porque las prioridades del día a día lo determinan así.

San Telmo tiene un rival acérrimo en esta lucha, una persona que nos crucificó a tal punto que el Club debió cambiar de jurisdicción para, por lo menos, jugar los días sábados y tratar de hacerlo en un lugar acorde para el socio. Se llama Comisario Rubén Pérez. Antes de los incidentes contra Talleres, se olía en el ambiente desde hacía tiempo, que estaban esperando alguna escaramuza, algo “grosso” para bajarnos el pulgar porque en el territorio provincial había demasiados partidos para cubrir y San Telmo siempre, siempre, fue mirado con recelo, de reojo. Y no fue casualidad que ese San Telmo – Talleres, a cinco minutos de empezar el partido estaba siendo “vigilado” nada más que por diez policías. Fue vergonzozo y Pérez salió airoso. Cerró la Isla y “se sacó un quilombo de encima”.

Un año jugando de local días de semana en canchas insólitas y encima con una “perla” que pocos recuerdan: una noche San Telmo fue local en El Porvenir enfrentando a Los Andes, con una inédita medida: sin público local y sí con público visitante. Esa fue una terrible “tocada de culo” (con perdón de la expresión) a nuestra dignidad.
Había que salir de ese terreno pantanoso de alguna forma y San Telmo pidió jugar en Capital, con “otras leyes” más lógicas y oxigenarse un poco del encierro digitado por Pérez.
Y así como en ese sentido se encontró algo de paz y “comodidad” también es por ello como va pasando el tiempo, por eso no creo que sea fácil encontrarle una solución a este tema.

Si San Telmo tiene el apoyo “moral” de Grondona para volver a su cancha, si Scioli está interesado en que se recupere la Isla, si el municipio de Avellaneda emitió una resolución en la que considera de interés municipal el retorno de San Telmo a su cancha… Qué es lo que pasa, entonces…? ¿Tanto poder tiene Pérez para desestimar nuestra inquietud? Indudablemente, sí. Vuelvo a repetir, para Pérez, San Telmo es un problema que no tiene pensado volver a tomar. No le gustan las casas precarias, no le gustan los pasillos internos que existen frente a la cancha. Le importa un cuerno que se arregló el puente, que haya cámaras de seguridad, la apertura de la calle Pellegrini para una salida óptima hacia el Punte Pueyrredón, tanto como el pasacalles que le dedicó la hinchada con el “basta de discriminación” .
El indicio lo dio hace cinco meses cuando tuvo la “gentileza” de recibir por primera vez a Ríos y Cantero (vicepresidentes en ese entonces) en su despacho de La Plata. “Si hubiera visitantes olvídense, ahí yo no voy a permitir jugar”. ¿Qué quiere decir esto? Que si algún día volvemos a nuestra cancha y regresan los visitantes, por decreto la cierra otra vez?

Es un tema jodido, indudablemente, el tema de nuestra cancha.

El sábado miraba con atención las agrupaciones que se armaron en Atlanta durante los últimos años, ajenas a su directiva, pero agrupaciones de apoyo. Eso es lo que no tenemos nosotros, gente de apoyo, una gran falencia…
Ellos se dieron cuenta que estaban en una situación de difícil retorno, entonces empezaron a unirse. Se dieron cuenta que ya no podían vivir de recuerdos con ese pasado de gloria en Primera, porque casi se van a la “C” hace un par de años... Se dieron cuenta a tiempo y juntos lo empezaron a resolver y ya se van viendo los frutos. Tuvieron ayuda, es cierto, pero recuperaron su cancha, cuando hace cinco años querían que nosotros fuéramos sus socios para hacer las tribunas.

Nosotros seguimos en el lirismo, un camino incorrecto a mi criterio. El mundo avanza, el fútbol también y hay que estar a la altura de ello. Debemos tomar en serio este tema, los dirigentes en conjunto con todos los socios. O Intentamos el regreso de una buena vez o le ponemos un corte definitivo para arrancar de cero en otro lugar, pero tenemos que definirlo. El tiempo nos va a comer.

Me parece que ha llegado el momento de acoplarse. San Telmo ha dado pasos muy importantes en la última década, el Complejo, la recuperación de la Sede, la identidad en el barrio pero falta algo fundamental, algo por lo que nació este Club, el fútbol, y el gran paso tiene que ser la cancha. Aquí se debe conformar una fuerza Santelmista, con sangre, con ideas cabales, un grupo de apoyo, llámese agrupación, subcomisión, o como quiera llamarse, para trabajar y dedicarse exclusivamente a ese tema, sin inmiscuirse en otra tarea, seguirlo y alcanzar el objetivo, como lo hicieron otros. No somos menos que nadie, lo tenemos que resolver.

Ya no me conforma pasar por la Autopista, mirar la cancha, admirarla, decir cuánta historia!, decir qué linda está. ¿Para qué me sirve que esté linda si no la puedo usar? San Telmo necesita su cancha, por una cuestión de dignidad y orgullo. Hoy hay hinchas nuevos, un grato acontecimiento, que aún no saben lo que ir a alentar a San Telmo a su cancha y no estaría bueno que sigan creciendo sin poder saber lo que es ver tu bandera hizada en un mástil propio.

Adrián Bevilacqua, Socio N° 356.

La Voz de San Telmo, 9 de Febrero de 2011.-